miércoles, 26 de noviembre de 2014

Monago, o el Amor.

- Carlos, tienes que dimitir.

- ¿Qué? Luisa Fernanda, no me jodas.

- Tu situación no es sostenible.

- ¿Pero qué estás diciendo? ¿Y qué pasa con José Antonio?

- Parece mentira... Esto es el Estado de las Autonomías. ¿¡Cómo vas a comparar Extremadura con Teruel?!

El pobre Carlos Muñoz Obón se encogió de hombros, escondió sus manos en los bolsillos y salió del despacho de Luisa Fernanda. Cuando llegó a su casa cogió el teléfono y marcó de memoria: 922 555 54 55.

- Olga María.

- Amorsito, ¿qué tienes?

- Olga María. Lo nuestro no puede continuar. Después de saber lo de....lo de....lo de José Antonio....

- Amorsito, aquello terminó, mi corazón es tuyo. ¿A quién le voy a bailar cumbia si me abandonas?

- Olga María. Lo siento.

Colgó el teléfono, sujetó sus gafas con la mano izquierda mientras limpiaba los cristales con la toallita anti-polvo. Tras dejarlas sobre la mesa de noche, abrochó el último botón de su pijama a rayas, cerró los ojos y soñó:

- Luisa Fernanda, me voy.

- No entiendo. ¿Dónde vas?

- Dimito.

- ¿Pero qué estás diciendo?

- Creo que actué mal.

- Tú volabas a Tenerife para ver a tu novia. Ella era tu familia y tú tenías el derecho a hacer esos viajes para estar con ella. Si tu pareja hubiese estado en A Coruña, te habrías ido allí. El Congreso nunca te ha puesto inconveniente alguno y esos gastos están fiscalizados.

- Por desgracia, ya no lo veo así.

- Enga, no me jodas. ¿No ves a José Antonio? ¡Toma ejemplo, coño! No parecías tan apesadumbrado cuando ibas a casa fin de semana sí y fin de semana también.

El pobre Carlos Muñoz Obón se encogió de hombros, escondió sus manos en los bolsillos y salió del despacho de Luisa Fernanda. Cuando entró en la sala común había un corrillo de personas que observaban con sorpresa evidente la pantalla de televisión de 50 pulgadas que presidía la habitación. Solían utilizarla para ver al presidente del Gobierno. En esta ocasión era la voz de José Antonio la que salía del plasma. Sin embargo, su tono era extraño, algo agudo, y mezclaba pasajes de firmeza con momentos en los que parecía extrañamente azorado. Carlos Muñoz Obón siguió su camino hacia la puerta que daba al pasillo, cabizbajo, mientras la voz de José Antonio se acercaba a su oído izquierdo. De repente, alrededor del plasma surgió un rumor de incredulidad. Carlos Muñoz Obón levantó la vista, giró la cabeza y la pesadumbre se derramó en su boca con el amargor inconfundible del LSD.

En ese plasma, allí, en alta definición, aparecía José Antonio, en rueda de prensa. En su mano derecha sujetaba una foto de Olga María, su Themis, con los ojos vendados con una correa de cuero negro con chinchetas metálicas incrustadas. En su mano izquierda agitaba un papel arrugado con la firma de Pío García-Escudero. De pie ante el atril, José Antonio elevaba el tono para exaltar a través del micrófono: "No estoy aquí por dinero. Devolveré hasta el último céntimo". Pero el micrófono no era un micrófono. ¡Era un pene de plástico transparente! Un pene de latex que se sujetaba al soporte del atril gracias al contrapeso de dos testículos enormes. De repente, Jose Antonio soltó el papel firmado por Pío, agarró con fuerza el pene de plástico a la altura de los genitales, lo acercó a su rostro - apopléjico a esas alturas - y mientras miraba encendido el rostro de Olga María, su cara semioculta por los descomunales testículos, aulló: 

¡¡¡Hipócritas!!! ¡¡¡Hipócritas!!! ¡¡¡Soy un imputado del amor, soy un imputado del amor!!!




"El muy cabrón...", pensó el pobre Carlos Muñoz Obón.